HONOR Y GLORIA, SÍ. OLVIDO Y DESPROPÓSITO, NO

El día 5, el recién pasado martes, tuve el inmenso y duro honor de representar a la familia de mi inolvidable compañero del alma Víctor Sánchez durante el acto institucional que con motivo del Día de la Constitución el subdelegado del Gobierno de la provincia celebró en Cádiz. Quiero recordar, para quienes ya lo hayan podido olvidar, que Víctor era el oficial jefe de la Unidad de Respuesta Inmediata de la Policía Local de La Línea, hasta que el 7 de junio perdiera la vida en acto de servicio persiguiendo a un contrabandista de tabaco, a la sazón presunto infractor penal de al menos dos delitos. Al evento acudí, en compañía del jefe de policía, por petición expresa y personal de la doliente viuda de Víctor.

Don Antonio Sanz y don Agustín Muñoz, máximos representantes del Gobierno de España por estos lares, tuvieron a bien reconocer pública e institucionalmente el buen nombre de mi finado amigo y su compromiso para con la ley y orden, razón, ésta, por la que a título póstumo le entregaron una mención honorífica. Que Víctor perdiera aquella maldita tarde la vida es motivo suficiente para ofrecerle tal reconocimiento. Pero digo yo, parafraseando a uno de sus más fervientes seres queridos: “¿Es que acaso él no había contraído día tras día y noche tras noche méritos bastantes antes de morir, como para ser recompensado con el mismo ahínco?”. La respuesta es más que conocida para todos aquellos que saben cómo trabajaba la calle el oficial Sánchez; ergo, la respuesta natural es que Víctor había sembrado notables méritos, si acaso no sobresalientes, como para que de su pecho pendieran unas cuantas cruces y medallas al Mérito Policial, como igualmente debiera haber ocurrido ya con cuatro o cinco agentes de los que codo con codo siempre curraron con él, en pos del bien común. Pero de estos insultantes despropósitos deberían responder algún día las autoridades municipales.

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Ahora corresponde recoger estos y cuantos otros dignos galardones profesionales pudieran seguir llegándole al Cielo, porque así es la vida y porque así se escribe la historia. En fin, no nos queda otra que seguir viviendo sin su presencia física. No obstante, dejen que les diga las mismas palabras con las que comienza ‘En la línea de fuego’, aquel libro de mi coautoría: “Un policía no muere cuando cae, muere cuando sus compañeros y jefes lo olvidan y sus conciudadanos lo ignoran”.

Eco-110, va por ti.

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