CUANDO LLAMAN A LA PUERTA EQUIVOCADA

Érase una vez, hace ya algo así como diez o doce años, que una persona, varón ella, me envió un correo electrónico presentándose en él como oficial (cabo) de un cuerpo de policía local e instructor de tiro. La historia que voy a narrar, la cual en su día hice pública de modo muy sucinto, ha retumbado hoy en mi cabeza al cruzarme hace un rato por la calle con uno de sus dos protagonistas. El interfecto, el emisor de la misiva electrónica, de quien no soy capaz de recordar su nombre en estos momentos, me dijo que había estado treinta años de instructor de tiro en su plantilla, que era un profesional muy cualificado en esto de la docencia armada y que jamás había tenido problemas de ninguna clase cuando llevaba al personal al campo de tiro, cosa que sucedía, según él, una vez al año o una vez cada dos o tres años. Esa fue, por así decirlo, la primera parte del mensaje.

En la segunda parte del cibercorreo se dedicó a dorarme la píldora. Jabón, mucho jabón. Coba por un tubo. Lisonjas engrasadas. Me regaló halagos, elogios que luego descubrí que eran gratuitos y falsarios. Todo estéril. Sostenía que era un gran seguidor de mis publicaciones, considerándome poco menos que un gran maestro de las artes policíacas. Mentía. No podía pensar eso de mí, cuando el motivo de su contacto era pedirme consejo para desprestigiar al instructor que, desde hacía algún tiempo, le había quitado el puesto. De haberme conocido un poco hubiese sabido, tras haberme leído dos o tres veces, que yo hago la guerra en pro de las causas en las que creo con firmeza, no sumándome a aquellas ideas que no van ni conmigo ni con mis principios. No soy perfecto, pero sí soy así de raro.

Así las cosas, este señor comenzó a describirme la situación contra la que quería luchar, apoyándose para ello en no sé qué sindicato, pero buscando en mí alguna suerte de alianza extra. Se comió un mojón muy gordo, aun cuando a quien quería derrocar era un policía que no me caía bien y que además no me parecía que fuese un entregado profesional del pateo callejero, que es de lo que yo realmente sé algo, ya que esa es mi verdadera pasión. A este hombre, al nuevo formador, tan solo lo conocía de haber mantenido con él cuatro palabras secas y frías, cuando acudió a mí para que le asesorara de cara a emitir un informe sobre la idoneidad de cambiar la cartuchería de dotación para el servicio. Logró lo que buscaba, puesto que todos los policías locales de su ciudad portan, desde entonces, dos cargadores con munición expansiva de primerísima calidad. Ah, debo admitir que cuando consiguió su objetivo me lo hizo saber y me obsequió con un presente. Recuerdo que hasta para eso fue frío y distante. Pero oye, ahí estuvo el tío. Otros no, ni se les espera.

En fin, al lío. Quien tan agraviado se sentía me relacionó una serie de cambios introducidos por el nuevo monitor, a la hora de impartir sus clases de reciclaje en materia de tiro y armamento. Se quejaba, más o menos, de lo siguiente:

  1. Ahora tenemos que ir tres veces al año a la galería de tiro, cuando con una al año es más que suficiente.
  2. Quiere que tiren incluso los compañeros que están en segunda actividad realizando servicios en edificios públicos.
  3. Ha impuesto el uso de munición prohibida para prestar servicio, retirando la blindada de toda la vida, que es la buena porque es la que usa todo el mundo.
  4. Ha cambiado las fundas de cuero y lona por unas de plástico duro, con lo cómodas que son las otras cuando te pegas ocho horas dentro de un coche.
  5. Está intentado que nos doten a todos de un chaleco antibalas, para que obligatoriamente los tengamos que llevar puestos, aunque no queramos.
  6. Realiza prácticas a uno, tres, siete y quince metros de distancia. Y algunos ejercicios, además, los lleva a cabo en movimiento, con lo fácil que era antes meter todos los tiros en la diana desde quince metros y sin presión de ninguna clase.
  7. Utiliza siluetas de tiro con caras y cuerpos humanos, como si acaso nosotros fuésemos criminales.
  8. Le habla a la gente sobre la legalidad de poder abrir fuego contra los atacantes armados con cuchillos, haciendo hincapié en que llevar la pistola con la recámara alimentada supone una gran ventaja; sabiendo todo el mundo que lo de la bala en la recámara es peligroso e ilegal, y que nunca se le puede disparar a nadie que no esté ya disparándonos con un arma de fuego.

Todos esos puntos, y seguramente alguno más que ahora no acierto a rememorar, eran, para mi interlocutor internauta, los motivos por los que al sieso y malange nuevo instructor había que cortarle la cabeza. Que el nuevo docente no era simpático, lo afirmo y lo firmo yo ahora mismo. Que me caía mal, también. Pero que sabía qué había que hacer para arrancar la puerta de la caverna y prosperar, igualmente lo rubrico. Otra cosa es la calidad pedagógica que derrama en sus líneas de tiro y en la escenificación de supuestos reales. Intuyo, en cualquier caso, que hasta haciéndolo mal lo hará mil veces mejor que el inmovilista momio que se lo quería cargar para no perder su silla y el plus económico que el desarrollo de la especialidad lleva implícito.

Como cualquiera supondrá a estas alturas, mi respuesta no fue del todo diplomática. No sé con exactitud qué le dije al de la carta, pero sí recuerdo que jamás recibí respuesta suya. Nunca le he dicho nada de esto al desagradable al que no le afee la cara, aunque es posible que lo sepa desde que, en caliente y con menos detalles, publiqué la anécdota encajonada en tres escuetos párrafos. Moraleja y aviso a navegantes: Busquen en mí un apoyo para evolucionar, para progresar, para mejorar, para desasnar. Empero nunca llamen a mi puerta para que colabore echando el ancla en el pantano del estancamiento, para poner la proa hacía la isla de lo vano o para meter la marcha atrás, la del involucionismo.

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