PRIMERA LÍNEA DE LUTO

Aciaga tarde algecireña la del miércoles 25 de enero. Y gélida. A la ola de frío que con razón calendarizada nos azotaba, se unieron las luces azules y los rugidos de las sirenas de los coches de las fuerzas del bien. La cerrazón había vuelto a salir de paseo por nuestras calles, por las de Europa, con intenciones homicidas. Y es que, más o menos a la misma hora que desde el salón de mi casa la sonoridad policiaca me sugería que algo importante estaba sucediendo cerca, en el norte de Alemania acababan de apuñalar a numerosos viajeros dentro de un tren. Es esto, por así decirlo, una triste casualidad gemela con lo que estaba acaeciendo en la esquina de mi hogar. Descanse en paz Diego Valencia, asesinado a machetazos frente a la entrada principal de la iglesia Nuestra Señora de la Palma, donde el finado ejercía fielmente como sacristán.

Y es que, según todo indica, puesto que no parecen existir dudas sino multitud de testigos oculares, el ciudadano marroquí Yassine Kansar, nacido en octubre de 1997, acabó con la vida del mentado ayudante sacerdotal y procuró, sin éxito, hacer lo propio con un cura en el interior de otro templo católico muy próximo. Lamento reconocer que esto ya lo había vaticinado entre mis amigos. Agorero me llamaban, seguramente con sentido. Pero pecar de ello a la par que uno se prepara por si algo así se presenta, no es sino advertir de algo que, si bien no es que se respirara en el aire cual miasma, sí que sí que se podía intuir dada nuestra estratégica y privilegiada situación geográfica. Cuánto lamento haber acertado. Y qué pena me da no haber estado por allí cuando los atentados se perpetraron, toda vez que el día anterior estuve merendando en la plaza Alta, allí mismo, justamente a la misma hora que se precipitaron estos luctuosos hechos. Me conozco bien y sé que algo hubiese hecho. No sé si con acierto y con un resultado positivo, ya que esto siempre es incógnito hasta su finalización. Pero fijo que algo hubiera intentado hacer. Está en mi naturaleza, que no es que sea buena o noble, es que es salvaje en la misma proporción que policial, por más retirado que esté y por más pensionista que sea.

Quienes sin dunda sí estuvieron en la escena de los delitos fueron aquellos a los que continúo considerando mis compañeros, vistan estos la cromática que vistan en sus uniformidades, y me consideren ellos lo que quieran considerarme. Se ve, a la luz de todas las noticias que han ido floreciendo, que de inmediato acudieron fuerzas del orden tanto del instituto armado local como de la Policía Nacional. Si bien es cierto que el criminal ya había cercenado una vida invocando el nombre de su dios musulmán, nadie sabe qué más podría haber seguido sucediendo si dos policías locales no lo hubiesen detenido mientras el malnacido oraba de rodillas asiendo en sus manos un “masbaha”, o sea, lo que para los católicos es un rosario o una sarta de cuentas unidas entre sí como si se tratase de una cadena o de un collar. 

Estos policías locales algecireños, por suerte para todos, principalmente para el homicida, no tuvieron necesidad de hacer valer los proyectiles que sus pistolas podían disparar: el sujeto fue detenido, casi sin darse cuenta, sin que un solo disparo contra él hubiera de efectuarse. Magnífica e histórica detención, la llevada a cabo por estos servidores públicos. Tan importante es saber cuándo abrir fuego como saber cuándo no hay que hacerlo. Y ellos, a las pruebas me remito, supieron que no existía razón para tirotear a tan abyecto delincuente. Como ya es sabido, el arma homicida estaba a la vista, depositada en el suelo y a golpe de ojo de los intervinientes, quienes igualmente tenían controladas las manos de quien no se mostró hostil. 

No obstante, qué barato es hablar. Gratis es, las más de las veces. Y es que, en el curso de la mañana siguiente, mientras un servidor desayunaba en un bar, el camarero que me servía, el panadero que entró para dejar los bollos calentitos y hasta la octogenaria que a mi vera degustaba en la barra una tostada con aceite de oliva, estaban cacareando que hay que ver los agentes no haberlo cosido a balazos. Quiero pensar que estas manifestaciones las depusieron sin la intención de minusvalorar el arresto ejercido por mis colegas municipales. Qué fácil es pegarle un tiro a alguien cuando no hay que hacerlo, cuando de antemano se sabe que nunca se habrá de hacer. Confieso que me enervan estos comentarios, cuando se verbalizan tan de balde. Y es que uno ya sabe cuan duro es eso de disparar contra semejantes. Y doy fe de que no es tan agradable, idílico y maravilloso como nos muestran las teleseries baratas, aun cuando de verdad existan fundamentos para hacerlo.

Horas después de ocurrir el incidente, un tertuliano y una periodista se felicitaban en la televisión porque al malo de esta tétrica historia no se le había dado ni un solo tiro. Sostenían, mano a mano, que eso es ser profesional. Y sí, es cierto, eso es ser profesional en lo concerniente al empleo de las armas de fuego. Pero lo es, como ya reseñé párrafos atrás, porque los policías vieron con absoluta claridad que no existía la necesidad racional y legal de escupir plomo de cara a proteger, en esos exactos instantes, la integridad física propia o de terceros. Lo que me lleva a decir, con rotundidad, que del mismo modo hubiese resultado una intervención exitosa y profesional si, con fundamentos penales, hubieran tenido que acribillar al presunto terrorista por detectar en él, al tiempo de detenerlo, que iba a poner en riesgo el bien jurídico protegido de las vidas propias o de terceras personas. Bien está lo que bien acaba, tanto si hay que disparar contra congéneres como si, por fortuna, no hay que hacerlo.

¡Enhorabuena, compañeros! Espero que los jefes y los políticos, si es que acaso no son la misma cosa, sean justos con vosotros.

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2s Comentarios

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    Habria preferido que sucediera la que dijo la abuelita octogenaria ( con mucho sentido común), pero en fin habra que esperar al siguiente a..s»es¨¨inato, mientrasta tanto el c.r_im..inal en su casita, cobrando la paguita del Gobierno narcocomunista que tenemos que soportar.

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