EL HÉROE DEL VILLANO

Policialmente es conocido por su apellido: Arca. Tiene treintaiocho años de edad, y hoy está en prisión provisional. A decir verdad, casi la mitad de su vida ha transcurrido entre barrotes. Cuando no está encerrado en los calabozos de un cuartel o de una comisaría, está tirando de bandeja en un centro penitenciario. Su modus vivendi es calcado al de sus varios hermanos y al de sus progenitores. El crimen, en todas las vertientes y en casi todos sus tipos penales, le corre por las venas.

Tanto él como su parentela se dedican al contrabando de tabaco procedente de Gibraltar, y al narcotráfico, especialmente al vinculado con el chocolate llegado allende el estrecho que da nombre a nuestra área geográfica. Pero claro, esta gentuza también le pega al vuelco: al mangoneo de droga y a la sustracción de otros géneros ilícitos propiedad de otros delincuentes; y a dar palizas y a la usurpación de vehículos. Ilustre clan de airados marroneros. Pongamos que me refiero a un linense, a un natural de La Línea de la Concepción (Cádiz). De igual forma, un servidor nació allí; como igualmente allí ejercí el honorable y maltratado oficio de servir al prójimo fastidiando a la minoría malhechora, en beneficio de la mayoría social y del a veces malentendido bien común.

No pocas veces pasó por mis manos y hasta por mi porra. Malencarado, zafio y agresivo, son algunos de los mejores y más suaves adjetivos calificativos que podrían definir al impulsivo Arca. Innumerables son las veces que, casi cualquier miembro de las fuerzas de seguridad de la comarca del Campo de Gibraltar, lo han denunciado administrativamente por infracciones relacionadas con el tráfico y la circulación, con la tenencia y el consumo de sustancias estupefacciones prohibidas, etc., etc. Como perro y malo, proveniente de un sucio linaje, lo definen muchos de los míos. Mala ralea. La cuestión es que aquella madrugada estival nos entró, a través de la Sala del 092, una llamada telefónica denunciando que un sujeto había atropellado a una mujer en el interior de un parquin público subterráneo, abandonando el interfecto el lugar a toda pastilla, llevándose por delante la barrera del control de acceso del susodicho lugar de estacionamiento. Personado el que suscribe en el lugar en unión de dos compañeros más, uno de ellos mando, recibimos información respecto al coche fugado. Por sus peculiares características, todos pensamos, en un santiamén y sin albergar incertidumbre, que el jodido Arca podría estar detrás de tan abyecto acto.

Mis dos acompañantes permanecieron en la escena del atropello atendiendo a la víctima, solicitando urgente asistencia sanitaria, recabando datos, filiando testigos y comunicándole a todas las unidades en servicio cuanto iban averiguando. Yo, mientras tanto, me puse manos a la obra (al volante) para tratar de interceptar el todoterreno de alta gama descrito por no pocas personas, el cual coincidía plenamente con el carrazo que Arca llevaba semanas conduciendo por nuestras calles. ¿Suerte, fortuna, azar, casualidad, ventura divina…? No sé, la verdad, pero en menos de un minuto descubrí el cuatro por cuatro que todos mis sentidos estaban tratando de localizar. Pese a conocer el carácter violento de Arca, abordé en solitario la interceptación de aquel bólido. Informé por radio la novedad, di mi posición y pedí refuerzos. En tanto que llegaba más personal, me encargué de que Arca detuviera su marcha, de que parara el motor del carro y de que pusiera la llave de arranque del motor sobre el techo del coche. Tal vez pequé de temeridad, pero asimismo me encargué de hacerlo descender del interior del automóvil. Y ya que estábamos, le practiqué el correspondiente cacheo de seguridad.

Estaba limpio y blanco. Limpio, porque no llevaba ni armas ni drogas. Al menos nada hallé yo. Y blanco estaba porque su cara reflejaba pánico. Su semblante era el de quien acababa de ver un zombi. Mientras a mí me llegaban más policías, los dos que se encontraban en el aparcamiento subterráneo me confirmaron mediante el radiotransmisor que procedía la detención de Arca, puesto que el marido de la herida lo había reconocido con nombre, apellidos y apodo familiar. Arca, sin embargo, no sabía que este dato me estaba siendo participado, dado que yo estaba empleando un auricular. Pero algo no me cuadraba. Que Arca era (y es) un malnacido, nadie lo dudaba. Yo menos que nadie. Pero el careto desencajado de este tío no era, mientras hablaba conmigo, el de alguien que acaba de cometer un delito. Es más, su actitud era de hipervigilancia y canguelo. Algo de miedo podría tenerme, porque me conocía bien y sabía que conmigo no le convenía ponerse gallito. Pero no, todo él era palidez y sudoración excesiva. Incluso temblaba a la vez que su mirada se perdía oteando nuestro contorno. Arca presentaba claros signos de pavor a algo más peligroso que un policía callejero e intolerante con los guarros de su pelaje.

Antes de que se personara la patrulla que acudió con una mampara, Arca me confesó algo que coincidía con mis primerísimas impresiones: estaba aterrorizado porque cuando iba a abonar la estancia de su todoterreno en el aparcamiento, un fulano lo amenazó de muerte sosteniendo en sus manos una enorme navaja automática. Me dijo su nombre. Se trataba del mismo menda que dos años atrás le había disparado con una escopeta del calibre 12, hiriéndolo en la espalda, cuando intentó robarle un montón de kilogramos de hachís. Me lo creí del tirón. No dudé de su aseveración narrativa. Su rostro, más todas sus respuestas físicas y sus reacciones emocionales involuntarias, indicaban dos cosas: que estaba cagado y que no mentía.

Le manifesté algo que lo emocionó. Algo que muchas veces he narrado entre colegas y no colegas: «Hoy juegas con la camiseta de perjudicado, Arca. Hoy eres la víctima y no el verdugo. Esta noche no eres el malo sino el bueno, así que mientras que yo esté aquí, me tienen que matar siete veces para que a ti te suceda algo. En mi presencia nadie te tocará un pelo. Conmigo estás a salvo». De esto fue testigo al menos un policía, como del mismo modo fue testigo de sus lágrimas y del abrazo que me pidió, y que yo le di. Sí, se lo di. ¿Por qué no? Al fin y al cabo yo había dicho verdad: jamás permitiría que le ocurriera nada. Creo que él lo sabía. Me conocía lo suficientemente bien como para saber que yo creía en lo que hacía y que hacía aquello en lo que creía. Cosas de idealistas.

Pero surgió un serio problema, una traba, un escollo: los policías presentes en el subterráneo donde yacía la señora presuntamente derribada con el coche, ¡no me creían! Sin que Arca pudiera oírme, llamé por teléfono al subinspector que estaba a pie de intervención. Se lo expliqué todo, mas se rió de mí. No daba crédito a que yo le diera fianza a la palabra de un maleante de tal calaña. Le dije: «Jefe querido, vete a visionar las cámaras del circuito cerrado de televisión del parquin, o manda a alguien para que visione lo acaecido, por favor. Miradlo todo bien, y ya me decís algo». Mi interlocutor atendió mi sugerencia, y menos mal. A los pocos minutos me confirmó que todo lo expuesto por Arca era cierto. En la videograbación, que además era de altísima resolución, se veía como el hombre de la cara pálida huía apresuradamente para evitar ser ensartado. Es más, con total nitidez y sin género alguno de dudas se apreciaba como la supuesta mujer atropellada se tumbaba cómodamente en el suelo para fingir un golpetazo. Y ya, a mayor abundamiento, hasta se veía palmariamente cómo y dónde el amenazador de Arca había ocultado su navaja automática que, en efecto, no era moco de pavo.

Así las cosas, me encargué del traslado del “bueno” de Arca a dependencias policiales a fin de que presentara la correspondiente denuncia. El resto de mi gente procedió al arresto de los falsos damnificados. Durante horas no me separé de Arca. No solo lo hice porque salió de mí, es que él mismo quería que yo no me marchase de su lado hasta que el otro y la otra estuviesen encerrados en las mazmorras del Estado. Ni Arca ni yo pensamos nunca que pudiéramos estar el uno junto al otro casi como si nos tuviéramos aprecio personal. Pero así sucedió. Mi nombre lo conocía de sobra: «Ernesto, lo que usted ha hecho hoy por mí no se lo va a creer nadie cuando lo cuente. Que usted me ha creído y me ha protegido, no parece verdad. Me van a tomar por loco». Pero yo, que no soy precisamente el más simpático y amable de la clase, me cargué el idílico pensamiento que el pobre muchacho estaba esbozando en su mente: «Mira, Arca, hoy, como ya te he dicho, tú eres la víctima del delito y por ello pondría mi vida en juego para salvaguardar la tuya. Pero mañana, cuando vuelvas a darte a la fuga de alguna dotación nuestra o nos faltes el respeto, recibirás de mí lo que hasta hoy siempre habías recibido. Arca, creo tanto en lo que soy y represento, que por ti moriría hoy aquí mismo. Pero con la misma sinceridad te digo que trataría de matarte para defenderme de ti o para defender a un tercero de uno de tus furibundos arranques de ira ―respondió que lo tenía claro―». Las últimas palabras que esa noche me dedicó son un clásico: «Si algún día necesita algo, sea lo que sea, dígamelo, estoy en deuda con usted».

Paradojas de la vida y de esta bella profesión: el gato a veces juega de ratón y viceversa; y el indio, en ocasiones, se viste de vaquero, y viceversa. Pero a decir mayor verdad, Arca jamás me dio ni un solo problema en los años que continuamos jugando en el tablero del poli y del ladrón. Amabilidad y respeto solemne rebosaba cada vez que entraba en algunos de nuestros controles y me veía, cada vez que era incordiado por nosotros por medio de cacheos y cada vez que se cruzaba conmigo aunque fuese comprando en Media Markt, estando yo franco de servicio.

Durante aquel servicio comprobé fehacientemente, como en tantísimas ocasiones más, que sentir pasión por la profesión, por lo que uno era y representaba ―ya estoy retirado―, y sentir fruición por el trabajo policial, es fundamental para que uno pueda regresar a casa en paz consigo mismo y con el mundo. Aquella noche, como la inmensa mayoría de las noches que trabajaba, que eran casi todas, me marché feliz a casa. Parafraseando a Leon Tostoi: «El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace».

Ernesto Pérez Vera | Policía retirado, ponente e instructor de tiro

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