SOBREVIVIR EN LA LÍNEA DE FUEGO, DESDE LA LÍNEA DE TIRO, PERO SIN SER UNO MÁS DE LOS BLANCOS

Octavio Paz (1914-1998), poeta y ensayista mexicano: «Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio».

Tras la exitosa publicación en 2014 del ensayo “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados” (Tecnos), y después de la amplia difusión mediática, literaria y policial obtenida por la obra y por su propia y singular temática, este autor, que fue coautor del mencionado título, sigue en sus trece de ir unos pasos más allá de los ya caminados con aquel amplísimo trabajo sobre los tiroteos policiales españoles.

En aquella ocasión fueron entrevistados, durante años, más de una treintena de profesionales de las fuerzas de seguridad que contaban en su acervo profesional y vital con la amarga, angustiosa y muchas veces sangrante experiencia de sobrevivir a tiro limpio. Lo de a ‘tiro limpio’ es, en verdad, una recurrente metáfora: algunos protagonistas no desenfundaron sus pistolas ante los criminales que fehacientemente estaban pidiendo a gritos, y con la ley en la mano, recibir un disparo (o más de uno); y otros, aun llegando a encañonar a sus particulares hostiles armados, no abrieron fuego por mor de numerosos motivos, todos ellos razonados a lo largo de aquellos jugosos, sangrantes, ilustrativos, desesperantes y nutritivos veinticinco capítulos.

Si en aquel momento quedaron plasmados qué factores pudieron haber intervenido en el resultado final de cada caso real narrado y analizado desde los puntos de vista técnico-policial y psicológico, destacando sobremanera las circunstancias formativas, tanto técnicas como tácticas y jurídicas, de cada agente de la autoridad y las reacciones experimentadas neurofisiológicamente por los seres humanos sometidos a elevados niveles de estrés, ahora un servidor ha decidido seguir publicando y dando pinceladas, mediante la publicación de artículos como este, sobre su parecer —el mío— respecto a cómo diseñar y llevar a cabo las prácticas de tiro, sobre qué principios han de regir la filosofía del buen adiestramiento en el manejo de las armas, sobre qué resulta vital conocer y dominar respecto a la instrucción jurídica referida al empleo coercitivo de la violencia, sobre cómo concienciar sobre la potencial necesidad que herir o matar congéneres y sobre la mentalización general de los profesionales de la seguridad pública y privada. Sigo aquí y por ahora no tengo planes de ida.

A ver, sí, los tiros van por ahí: tengo previsto permanecer en la línea de mi teclado, así como en la línea de mi viciosa atracción por esta tarea, que a veces pienso que también es adictiva. Es por ello que amenazo con seguir formándome para aprender más y mejor, sin dejar de entrevistarme con supervivientes dispuestos a dejarse extraer las tripas de los recuerdos de aquellos instantes en los que a punto estuvieron de perecer por la acción de manos agresoras.

Pero la casa se ha de empezar a construir por los cimientos. De lo contario, mal asunto. Y en esto el mal asunto es, lamentable y luctuosamente, una más que pringosa y palpable realidad policial. Los primeros que han de ser adecuadamente formados y concienciados son los formadores que por misión laboral tienen la de instruir a los policías de nuevo ingreso en colectivo. Si el que debe saber y enseñar no sabe o sabe mal, todo su manual de adiestramiento, así como el resultado final de sus lecciones, estará siempre viciado y hará agua por todas partes. Pero peor aún es saber y no querer hacer lo que se sabe hacer, lo que en mi pueblo definimos como ‘pasar de todo’ o ‘echar balones fuera’. Qué pena y qué peligroso es no saber que no se sabe. Y qué asco más grande es no querer hacer lo que sí se sabe hacer, cuando además existe la obligación de hacerlo.

Y es que, aunque a los legos en esta materia tan delicada y especializada les pueda resultar mentira o puro y barato pesimismo, abundan en demasía los instructores de tiro que no saben instruir, pero sí destruir; los instructores de tiro que padecen fobia a las armas de fuego; los instructores de tiro que no saben diferenciar los proyectiles huecos de los semiblindados (algo básico y elemental); los instructores de tiro que jamás han patrullado las calles y que, por ende, nunca han detenido a personas violentas (tampoco pacíficas); los instructores de tiro que carecen de armas de fuego; los instructores de tiro que llevan décadas encomendados a tal labor, sin haber realizado reciclaje alguno y hasta sin haber pegado un tiro en ese lapso; los instructores de tiro que desempeñan tales funciones para, de ese modo, desertar de destinos más incómodos o arriesgados; y los instructores de tiro que son forzados a serlo porque el mando no sabe qué hacer con ellos, pues la lían parda allá a donde van destinados. Y es que resulta que esta es una especialidad policial a la que muchos jefes y políticos suelen darle tan escaso valor que para su desempeño designan, en demasiadas ocasiones, a quienes menos problemas administrativos les van a dar, a quienes tienen el mejor padrino (nepotismo bochornoso y peligroso, a veces) o a quienes con el diploma de instructor buscan inflar su ego o su cartera, porque esta rama profesional brinda la oportunidad de ofrecerle servicios remunerados a los sindicatos, a otras plantillas y a los centros de formación de seguridad privada. Y así, con estos irresponsables, roídos y sucios mimbres, el cesto aguanta lo que aguanta: todo en el papel, nada en la realidad de la calle. Algún día, en algún sitio, alguien acabará pagando judicialmente por su cacareada dejación, porque es que los hay que hasta alardean de su injusta e insensata negligencia.

Mientras tantísimos apáticos instructores persistan en aleccionar a sus educandos en que el insonoro sonido que hace la corredera de la pistola al obturarse (al introducir un cartucho en la recámara) asusta en el fragor del a vida o muerte al peor de los criminales, haciéndolo deponer toda actitud hostil; mientras que estos supuestos expertos insistan tozudamente en que contra las agresiones provenientes de dedos armados con objetos contundentes, punzantes o afilados, nunca jamás puede responderse con fuego defensivo; y mientras que esta suerte de ‘maestros’ inoculen a sus alumnos con aquello de que solo hay que llevar un cargador, a ser posible a media carga porque «lo que no soluciones con dos o tres tiros, no lo vas a solucionar con más» (¡maldita y manida falacia!), pues nos seguirán apuñalando agentes y seguiremos sufriendo, viendo, oyendo y leyendo que otro servidor público ha derramado su vida sobre la acera, sobre el asfalto o en mitad de un soportal. O lo que es peor, muchos dejarán que apuñalen a sus compañeros o a terceras personas, como ya ha sucedido y así fue contado en un episodio de En la línea de fuego. Eso sin extenderme, detalladamente, en aquellos presuntos funcionarios públicos que admiten, al menos a mí me lo han reconocido un montón de veces, que ante atentados sufridos por ellos con armas no de fuego (también con las de fuego), alguna vez han salido corriendo, dándose por patas, para evitar tener que hacer lo que por ley están obligados a hacer. Ojo, no es nada fácil hacerlo, me refiero a dispararle a otro ser humano; soy consciente de que es infinitamente más fácil decirlo, que hacerlo.

Podríamos referirnos, de igual manera, a todos esos instructores o monitores de tiro (para mí lo mismo es una cosa, que me es lo mismo la otra) que contumazmente les dicen a su alumnado que cuando estén a puntito de ser acribillados a cuchilladas o a tiros, deben apuntar con calma a partes no vitales del cuerpo del homicida, dando por hecho que siempre les sobrará tiempo para hacer esto y mil cosas más. O sea, que defienden que cuando el sistema nervioso simpático se active y el estrés de supervivencia tome el control emocional y fisiológico del sujeto que se halla cara a cara con la parca, éste tiene que hacer, según exponen tan esplendidos destructores de la enseñanza —pero supuestos peritos—, lo que la naturaleza humana impide hacer a todo Homo sapiens sano de sesera enfrentado a la posibilidad de morir por obra y desgracia de un semejante. ¡Manda huevos!

A ver si vamos poniendo un poco de orden y sentido en todo esto. Lógica, solo lógica. También cordura, aunque solo sea una brizna. Tal vez no sea sencillo, pero tenemos que intentarlo. Un instructor de tiro policial no tiene que ser un superhéroe. Tampoco esto es exigible a los policías, si bien muchos, muchas veces, pueden ser catalogados como tales. Del mismo modo, tampoco puede exigírsele a los formadores en la materia del uso de las armas que sean doctores en Derecho Penal, médicos especialistas en neurociencia y campeones de tiro olímpico. Ni siquiera paramédicos o enfermeros, con conocimientos de tiro y de leyes. Pero sí que todo enseñador de policías debe poseer, sobre todo si su campo profesional está relacionado con la utilización de la fuerza (armada o no armada), cimentados conocimientos sobre la dinámica de los enfrentamientos a tiros, para de este modo poder diseñar prácticas realistas. Debe atesorar, también, suficientes conocimientos sobre cómo afecta el estrés de supervivencia a las respuestas fisiológicas de los seres humanos, para de esta forma poder adaptar los ejercicios realistas a la naturaleza humana sometida al miedo o al peligro vital. Y, por supuesto, todo adiestrador policial debe contar con amplios y claros conocimientos legales directamente relacionados con los principios que dicta el ordenamiento jurídico respecto a la respuesta defensiva a tiro limpio, para que lo que enseña en el aula y en la galería case con los reiterados pronunciamientos del Tribunal Supremo, para así, de esta manera, poder plantear escenarios creíbles y recrear situaciones cercanas a la realidad del día a día de la calle y de los juzgados.

Y claro, cómo no, también los monitores de tiro deberían dominar técnicas de aplicación de torniquetes, de compresión de heridas y de evacuación táctica de incapacitados. Esto debería aprenderse no por modismo sino por altruismo y por puro deseo de supervivencia. ¡Qué menos! ¿No? Deberían saber, sin necesidad de estar titulados como cirujanos, de qué manera autoayudarse y cómo ayudar a terceras personas, trátese de alumnos accidentalmente lesionados en la línea de tiro, trátese de policías o civiles heridos por cualquier circunstancia, en cualquier escenario. Pero glosando a Albert Einstein: «Aquellos que tienen el privilegio de saber, tienen la obligación de enseñar». En otras palabras, que los profesores de todo esto de lo que vengo escribiendo tendrían que adiestrar sobre estos menesteres, aunque fuera de modo básico, o hacerse acompañar en clase, durante algunas horas, de especialistas en medicina táctica y de emergencia. ¡Ah, por cierto! Un protagonista de mi anterior obra llegó con vida al quirófano tras recibir en un muslo un disparo a bocajarro con una escopeta de caza, y logró vivir, en parte, gracias al torniquete que se autoaplicó con medios de circunstancia, algo sobre lo que una vez le habían hablado en la academia. ¿Que qué es eso del torniquete? Según la Real Academia Española: «Instrumento quirúrgico u otro medio que permite detener la circulación sanguínea para contener una hemorragia grave».

Pero nada de lo antedicho sirve si los adiestradores no se mentalizan y, por consiguiente, se lo creen. De poco vale nada, si los profesores no quieren ver que la calle es una infecciosa verdad muy distinta y distante de la aséptica mentira que se practica en casi todas las galerías de tiro de nuestras fuerzas policiales. Matar; los maestros de esto tienen que inculcarles a sus alumnos que tan duro, trascendental y siempre indeseado acto, forma parte de la propia idiosincrasia del noble y peligroso oficio de proteger a los demás. Los profesionales de esta clase de enseñanza deben diplomarse como veedores de la verdad.

No obstante, los instructores, monitores o directores de tiro no siempre son chivos expiatorios, culpables de todos los males del sector. No, siempre no. Hay tantos no cualificados, desidiosos y desentendidos de lo que debería ser apasionamiento por esta docencia, como comprometidos, competentes y sabedores de la verdad que aquí estamos exponiendo. De los primeros ya he dicho mucho de cuanto sé sobre ellos, de lo que pienso de ellos. De los segundos puedo decir, a tenor de lo que igualmente conozco, que incluso tratándose de personal altamente preparado para el enfrentamiento real y para la transmisión de sus vastos conocimientos, no siempre pueden ejercer con libertad su magisterio, teniendo que ceñirse, muchas veces, a los dictados de arcaicas, embusteras y contaminadas normas internas corporativas. Dicho de otro modo, que tienen que trabajar en base a los caprichos del político de turno, a los antojos del jefe ignorante que mete los dedos y las narices en asuntos de los que nada sabe, o hacerlo en base al descaro interesado del sindicalista de marras que mantiene una pugna abierta con el jefe o con el político, o con ambos a la vez.

Veo, como observador de todo esto que soy, que en algunos lugares se pierde el tiempo, se despilfarra el dinero y hasta se desgastan y ponen en riesgo los medios materiales, para hacer como que se está cualificando a la tropa en eso de asaltar edificios. Parece una moda eso de empuñar armas largas con las que nunca o casi nunca se trabaja; armas largas que a duras penas saben manejar con soltura, seguridad y eficacia quienes en determinados cursillos oficiales las portan para abordar pisos, barcos e incluso autobuses. Pocos pierden la ocasión de fotografiarse pegando tiros armados hasta los dientes —expresión cinematográfica que no me gusta nada, pero que viene al pelo—, con ese armamento con el que posiblemente jamás vuelvan a tener contacto. La mayoría de las veces ni se dispara, solo se lleva el arma en las manos y se realizan en seco los desplazamientos, cosa que está muy bien si alguna vez se quema pólvora de verdad, en las mismas circunstancias del ensayo en seco. Algunos —me incluyo gratuitamente—, y que se salve el que pueda, consumimos esfuerzos en pretender enseñar cómo liberar con escopetas y fusiles de asalto a personas atrapadas en lugares cerrados y tomados a la fuerza por terroristas, y empleo el verbo pretender porque rara vez logramos enseñar de verdad, obviando que muchos cursillistas ni tan siquiera saben manejar tales armas en condiciones de reposo cardiaco y emocional. Vender la moto le llamo yo a esto, pero venderla sin carburador.

Pretendemos enseñar en un rato a trabajar en equipos de cuatro, de cinco y hasta de seis policías, para que estos penetren a rafagazos (expresión ciertamente no cierta) en espacios cerrados. Pero no enseñamos a los mismos funcionarios a operar con la pistola y en binomio, que es la formación básica, elemental y la realidad cotidiana del servicio de los agentes convencionales, personal que siempre actúa como primera fuerza interventora, no por casualidad. Les decimos cómo abatir a un terrorista desde más de cien metros de distancia con un fusil con el que al cabo del año no practican, aunque a veces es más cierto que la susodicha arma no la ven ni la tocan en quinquenios; pero no les decimos cómo actuar con el arma corta contra un chorizo cualquiera que con una botella de cristal pretende abrirles la cabeza o rajarles el rostro, obviamente desde solo unos centímetros de separación. Les decimos, y que sigan salvándose quienes puedan, que con el fusil o con la escopeta hay que parapetarse y guardar la distancia porque se puede hacer tiro efectivo desde más lejos; pero, sin embargo, les enseñamos a tirar con la pistola desde lejos e ir avanzando hacia la zona de peligro, cuando lo normal es, como así lo acreditan las estadísticas, que los ataques se inicien a cortas o cortísimas distancias, aconsejando el sentido común y la propia fisiología del estrés de supervivencia ganar distancia y no acortarla. En definitivita, que existen muy buenos formadores que se ven abocados a formar mal, por tener que seguir lo marcado por legañosos, cómodos, emponzoñados y enraizados temarios y manuales sin sentido.

Parafraseando al ilustre, criticón y huraño escritor donostiarra Pío Baroja y Nessi, integrante de la llamada generación del 98, hay siete clases de personas, como también hay siete pecados capitales. Todo lo cual me lleva, hablando de esto que estamos hablando, a clasificar las siete clases de instructores, policías y mandos que existen, si bien el ensayista y novelista vasco clasificó de este modo a los españoles de él coetáneos, reservando el séptimo punto para la clase política del momento que le tocó vivir:

1.- Los que no saben.
2.- Los que no quieren saber.
3.- Los que odian saber.
4.- Los que sufren por no saber.
5.- Los que aparentan saber.
6.- Los que triunfan sin saber.
7.- Los que viven gracias a que los demás no saben.

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2s Comentarios

  1. En esa última clasificación hay días en los que me cuento en el punto tres…. Odio haber tenido la oportunidad de saber y tener q enfrentarme a oportunistas vendemotos sabiendo de lo vacío de sus promesas…. Al menos con textos como el tuyo hay momentos en los q se hace la luz en días así de oscuros…

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  2. Francisco Fernández

    Buen articulo sin haber entrado en lo principal, la obligacion de llevar a efecto el plan nacional de tiro obsoleto y caduco por parte de los instructores.
    Hice el curso en 1985 en Avila, entonces se tardaba un año en realizarlo, era un curso importante, me jubile la semana pasada ejerciendo de instructor ., y ahora es cuando puedo decir que los ejercicios que programe estaban siempre acorde con las tres premisas que se dan en enfrentamientos entre policias y delincuentes… 1.- corta distancia 2.- disparos muy rapidos y 3.- a una mano, sin realizar ninguno de los ejercicios del Plan Nacional de Tiro.

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