LA DICHOSA PROPORCIONALIDAD DEL TRABAJO POLICIAL

Mucho se ha hablado y se sigue hablando de la proporcionalidad en el uso de las armas de fuego por parte de los funcionarios policiales, pero creo que pocos han llegado a entender lo que esto significa. Me refiero tanto a policías, jueces, magistrados, como a todos aquellos que se ven involucrados en el periplo de utilizar y juzgar el uso de las armas de fuego.

Veamos en primer lugar cuál es significado real de la proporcionalidad. La respuesta es tan simple como decir que “la proporcionalidad es la conformidad o proporción (igualdad de dos razones) de unas partes con el todo o de elementos vinculados entre sí, o más formalmente, resulta ser la relación entre magnitudes medibles”. ¿Y qué razón más importante que la defensa ante una agresión? Entonces, ¿por qué solo se empeñan en medir la proporcionalidad del medio utilizado por el funcionario policial en una agresión?, ¿por qué lo dice la ley?, ¿hay alguna elemento jurídico que hable sobre la proporcionalidad del medio usado para agredir al policía, o que hable de lo adecuado y necesario que es la agresión al garante del orden público?

Los elementos o herramientas de trabajo del agente policial están más que definidas y revenidos en leyes, decretos, ordenes internas, protocolos de actuación, etc. Pero yo no conozco ninguna ley, orden interna, decreto o manual que hable sobre los elementos que utilizan aquellos que atacan a las fuerzas del orden, porque quizá estoy al otro lado de esa delgada línea azul que nos separa. ¿Dónde está entonces aquí la proporcionalidad, la necesidad o la adecuación? ¿No debería ser una proporcionalidad recíproca?, ¿o solo es una media proporción, una media necesidad y una media adecuación del elemento usado?

Mucho me temo que ya empezamos la partida con desventaja, una clara desventaja. No me canso de decir, repetir, que el policía no es agresivo, si no defensivo, que “el agresor es el que decide cuándo, cómo y dónde se va a producir la agresión”. No es necesario que sea una calle oscura o un descampado, en un atraco, o una pelea, puede ser en un control, una intervención cotidiana como pueda ser la identificación de una persona por cualquier motivo liviano, cuando él lo decida, le venga en gana o se le crucen los cables. ¿Y qué podemos hacer nosotros ante esto? Pues solo podemos mantener la distancia de seguridad (que no siempre es posible), estar alerta ante su lenguaje corporal, actitud y predisposición. Hay malotes que te lo vaticinan, pero los hay que juegan a callado. ¿Cómo? Pues por ejemplo puede portar un arma oculta, ya sea de fuego, blanca o cualquier elemento que le proporcione el entorno.

Recordemos a nuestro compañero Juan Cadenas. Su agresor se lo vaticinó, decidió cuándo le iba a agredir, dónde y cómo. No le hizo falta portar una arma, pues el entorno se la proporcionó: un simple cristal de una puerta… y todos sabemos cómo acabó la cosa… Si Juan hubiese hecho uso de su arma antes de sufrir las lesiones que le han apartado de este magnífico trabajo, seguramente hubiera habido grandes defensores de la proporcionalidad que a boca llena hubiesen crucificado a Juan: “un cristal frente a una arma de fuego… ¡por Dos que desproporción!”, o los dos compañeros del CNP que han sido pinchados, uno con un punzón y el otro con la punta de un paraguas, y que han salvado sus vidas gracias al chaleco… ¿qué pasaría si hubiesen hecho uso de su arma momentos antes del ataque?, ¿hubiese desaparecido la proporcionalidad?, ¿de verdad hay que esperar a que te hieran para poder defenderte?

Un trozo de cristal se puede convertir en un arma mortal en manos de un delincuente decidido a agredir

Agresiones de esta índole las hay a patadas. Creo que nos estamos equivocando, señores y señoras. No habría que juzgar la proporcionalidad entre los medios empleados, como ya hemos visto en un sinfín de intervenciones; no es necesario un arma de fuego o un cuchillo de grandes dimensiones para poder herir o incluso matar a una persona. Una piedra le fue suficiente a Caín para matar a su hermano, unas tijeras, un cúter, incluso un bolígrafo clavado en el sitio adecuado es suficiente para lesionar al agredido. Podría estar media mañana escribiendo elementos cotidianos susceptibles de causar heridas incompatibles con la vida. Abramos los ojos y abrámoselos a aquellos que los tienen cerrados, arrojemos luz sobre nuestros juzgadores, sobre los que legislan.

Nos equivocamos cada vez que hablamos de proporcionalidad. ¿No es proporcional, adecuado y necesario que un Policía se defienda o defienda a un tercero de un ataque o agresión por parte de otro? Pues parece que no, que no nos entra en la cabeza que cuando alguien acomete contra otro con manifiesto desprecio por su vida o integridad, lo proporcional es defenderse y a veces uno lo hace lo que puede. Olvidémonos de las paparruchadas de que los policías estamos preparados para todo y que disparamos donde queremos. El miedo es gratuito y cada uno coge el que quiere, y de verdad os digo que hay algunos que se hacen con todo el miedo posible. Ante todo, somos personas, con sus temores, como cualquier hijo de vecino.

Más que la proporcionalidad, lo que habría que juzgar es la voluntad, la intencionalidad, las ganas de agredir y causar mal, ¡que sí, que habrá alguien que dirá que esa voluntad de dolo es muy subjetiva!, pero poco lo es cuando te envisten con un cristal u otro objeto peligroso y te quieren matar, ¿o es que todavía hay algún ignorante que piensa que cuando agreden a un policía es solo para intimidar, atemorizar, o lo típico que luego dicen en los juicios: “que su intención no era herir, sino solo asustar”. Ya, gracias a que me aparté a tiempo, o a que mi compañero intervino rápidamente…

Agresiones con objetos de uso cotidiano, como un simple destornillador, están a la orden del día

Proporcionalidad dicen. Si fuera así deberíamos llevar destornilladores, punzones, cuchillos y un sinfín de etcéteras en el cinturón de trabajo. ¿Y qué pasará cuando un desalmado empiece a atropellar con un camión o un turismo a la gente, a los ciudadanos, padres, madres, hijos… sin miramiento, con un ansia desesperante y agónica por ocasionar mal, y degenerara la seguridad de una ciudad o de un país? ¿Qué haremos? ¿Usaremos nuestro coche patrulla para repeler la agresión?, ¿sería eso lo proporcional? ¿O haremos uso del arma de fuego para frenar la acometida?

O evolucionamos o cuando queramos hacerlo será demasiado tarde y tendremos que lamentar pérdidas humanas. No se trata de crear una aparente impunidad policial, que seguro es lo que pensarán aquellos que creen que este no es país para policías. La profesionalidad se le supone al funcionario, y el que no actúe así que apechugue con su culpa. No se trata de crear un cercano oeste donde todo acabe a tiros; se trata de que el policía pueda realizar la función más primordial dentro de su profesión, que es la de proteger y salvar vidas con total dedicación, profesionalidad y convicción de que está respaldado por la justicia y la administración.

El funcionario policial no puede anteponer su hipoteca, su puesto de trabajo, el régimen disciplinario o penal, a la vida de las personas. Si en nuestra carta magna, en nuestra querida Constitución del 78, el valor jurídico que más se protege y reconoce como mayor bien es la vida humana (y así lo demuestra con todas aquellas normas jurídicas que se prodigan en base a ello), me pregunto: ¿acaso la vida de aquellos encargados de velar por las leyes, los garantes de la seguridad, no gozan de ese derecho?, ¿no se les reconoce esa protección como a los demás ciudadanos de bien e incluso a los homicidas, asesinos y terrorista? ¿Acaso la vida de estos funcionarios es prescindible, es una vida prestada, una concesión? ¿No tienen derecho a la proporcionalidad de una defensa ante un ataque contra su vida?

Señores, que los policías en España no provocan las situaciones donde se les agrede, que ellos son también víctimas de la agresión. Aunque para desgracia del delincuente, los policías tienen las herramientas para poder defenderse y defender al resto de la población.

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