“HAZME LA PELOTA Y SERÁS FELIZ”. UNA HISTORIA SOBRE MANDOS TÓXICOS

Hace un tiempo recibí el mail de un policía residente en Andalucía. No era un mail especialmente extenso, pero sí intenso; un buen manojo de líneas que rezumaban emociones. Debido a mi interés, a este mail le siguieron otros dos. Para sintetizar. Este policía quería compartir conmigo la mezcla de angustia, rabia e impotencia que le generaba el mando a cargo de su comisaría. Escribía que, cuando llegó a este nuevo destino, el jefe era fue muy amable con él, incluso demasiado: “no estaba acostumbrado a este trato y desconfié. Se lo comenté a mi esposa y me dijo que era un mal pensado. Me convenció y llegué a pensar que estaba exagerando”.

Al poco tiempo, este agente empezó a ser consciente de que la comisaría se dividía entre palmeros entusiastas del mando en cuestión, y sus detractores (igualmente entusiastas y mucho más numerosos, pero también más silenciosos). El mando funcionaba como el perro del hortelano: no hacía ni dejaba hacer. Cualquier iniciativa de mejora o de cambio se moría en la mesa de su despacho. De todo esto fue testigo privilegiado nuestro agente protagonista, que al encargársele todo el tema de armas de la comisaría propuso la compra de determinado material policial especialmente necesario para la seguridad de los agentes. La respuesta que obtuvo del mando fue un ataque directo hacia su persona: que acababa de llegar y ya se pensaba que lo sabía todo, que era un metemierda y que su actitud minaba el trabajo del grupo, que si estaba a sueldo de los sindicatos…

Esta actitud y respuesta colocó a nuestro agente (al que llamaremos Alberto) automáticamente en el grupo silencioso de los detractores. Desde ese momento, cualquier solicitud que hiciera, vacaciones, asuntos propios, etc., era cuestionada sistemáticamente. El grupo de palmeros le hizo el vacío más absoluto, propagando comentarios descalificativos a sus espaldas. Esto no desanimó a Alberto, que durante un tiempo siguió haciendo solicitudes de material y aportaciones para la mejora del servicio: todas fueron desestimadas.

Poco a poco, Alberto fue desmotivándose en el trabajo, encontrando sólo refugio en la familia y en algunos compañeros que se encontraban en situaciones parecidas. En la actualidad, Alberto se encuentra a la espera de respuesta a una solicitud de cambio de destino.

El caso de Alberto es más frecuente de lo que pensamos. Este tipo de mandos tóxicos se encuentran al frente de muchas comisarías a lo largo de la geografía española. Estos mandos hace tiempo que dejaron de ser policías, aunque lleven uniforme. Mantenerse en el cargo es la manera de asegurarse un retiro adecuado. Son auténticos vagos uniformados. Pero, además, manejan un puntillo de narcisismo basado en el lema: “o estás conmigo o estás contra mí”. Por ello, tienden a favorecer a aquellos agentes que actúan como palmeros, que refuerzan su autoridad y no cuestionan su nula implicación en el trabajo policial.

¿Cómo viven cualquier comentario o propuesta de mejora, etc.? Como una amenaza. Las sugerencias de los agentes que sí se implican en su trabajo se traducen como una falta de lealtad, un cuestionamiento que, por supuesto, hay que castigar. La cuestión es no modificar el statu quo conseguido a base de no hacer nada durante años. Este mando tóxico va a contar con la inestimable colaboración de los palmeros, besaculos que son premiados con un trato diferenciado. Además, serán los candidatos perfectos para ocupar los puestos vacantes que se vayan produciendo en la jerarquía.

El castigo de agente díscolo no terminará con su nuevo destino. Cuando Alberto consiga su traslado, el mando tóxico posiblemente informará a su nuevo jefe que “Alberto es un buen agente, pero algo conflictivo; le gusta el protagonismo”.

El trabajo policial de calidad no tiene su enemigo en la calle, sino en casa. Podemos suponer las consecuencias que mandos así tienen para la motivación y el rendimiento en el trabajo.

Autor: Fernando Pérez Pacho
Psicólogo Clínico – Coautor del libro “En la línea de fuego: La realidad de los enfrentamientos armados”
fperezpacho@gmail.com
http://psipolicial.blogspot.com

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3s Comentarios

  1. Todo lo que cuentan es real y lo he vivido en mis propias carnes y la de otros compañeros. Tras varios traslados he tenido que escuchar en boca del jefecillo de turno sin conocerme de nada, sólo por referencias dadas por jefes anteriores, frases como “menuda pieza nos llega, o cuidado con este que es conflictivo”. Tras 18 años de servicio he aprendido a pasar desapercibido y hacer lo que me da la gana. Es triste pero no se puede luchar contra el sistema. Gracias a dios cada vez los compañeros entran más preparados y hasta los chicos de practicas le dan mil vueltas a muchos jefes. Algún día estos serán jefes y esperemos esto cambie.

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  2. Buen artículo, y por desgracia, pasa más de lo que la gente piensa que es esto de ser “Policía”. Que si el cafetito, pasear con el patrulla, hablar amistosamente en la Plaza Mayor… Todo parece buen rollo y calmado a ojos de los ajenos, pero nada más lejos de la realidad.
    Como muy bien dice ese “Compañero” es sus últimas líneas: El trabajo policial de calidad no tiene su enemigo en la calle, sino en casa. Envidias, favoritismos, reparto desigual, falta de unificación de criterios, etc. hacen que día a día merme nuestra voluntad y ganas de hacer.
    ¿Sabes una cosa Caimanator? Ni siquiera el pasar desapercibido te ayudara en tu “faena”. Como dice el autor del artículo, si no estás haciendo palmas con los “palmeros”, pensarán que estás con los detractores. Pero si no estás criticando al Jefe con los detractores, éstos pensarás que estas haciendo palmas ¡¡¡ASÍ QUE TÚ ME DIRÁS!!! 🙁
    Los que sólo queremos trabajar y dejarnos de chorradas, somos las peor mirados.
    – – – – –
    “Ante ferit quam flamma micet”

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  3. Que pasa cuando, de igual el que esté en el mando, siempre hay candidatos dispuestos a bailarle el agua, reírle los chistes y pasar la lengua por sitios recónditos del jefe de turno ? Ser jefe debe ser difícil, no caer en la tentación de mirar las tetas de la secretaria ni tener un súbdito que te ría tus mierdas. Algunos de estos tentetiesos lameculeros, después de llenar de babas a varios jefes tienen su oportunidad de coger el mando. Perdón por las descalificaciones, creo que debo alejarme de Ernesto.

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