DÉSPOTAS Y EMBAUCADORES DE LA FORMACIÓN DEFORMADA

No es la primera vez que escribo sobre esto y seguro que no será la última. Se podrían derramar litros de tinta para no acabar de describir una situación dantesca como es la que lamentablemente ocurre en la mayoría de cuerpos policiales españoles.

Tras una conversación con un compañero y amigo, de esos denominados “pistoleros”, no puedo dejar pasar la ocasión de despotricar contra esos déspotas, vende humos, mercachifles, mercaderes del embuste, filibusteros del engaño, homicidas de la verdad, creadores de bulos, defensores de la falacia, manipuladores de la realidad, titiriteros de lo correcto, confabuladores de la mentira, hipócritas de la enseñanza, falsos, troleros, embusteros, carniceros del engaño, aquellos que se guardan de la verdad en los burladeros de sus acomodadas plazas, desde donde se enfrentan al astado, con estoques de goma y muletas de madera. Aquellos que banderillean con burdas excusas y mancas verdades. Gerifaltes que torturan la realidad. Despojadores de sinceridad, gerentes de la patraña y la condescendencia, procuradores de la confusión, conjuradores de artimañas, estafadores de la verdad, timadores de la certeza, embaucadores, trileros de la veritá, embelesadores de lo evidente, farsantes de la realidad, asesinos de la franqueza.

Aún podría aportar más descripciones de aquellos que se encargan de enmascarar y de ocultar la verdad de los enfrentamientos armados. Personajes apoltronados en sus equívocas convicciones, mentirosos compulsivos que se encargan de manipular, destrozar, engañar y mentir a todos aquellos que tienen la mala suerte de caer en sus desgraciadas manos. Verdugos de la docencia, por dirigirme a ellos de manera cortés, que arremeten contra una realidad, irreal para ellos, ajenos e ignorantes de la verdad policial, postuladores de arcaicas enseñanzas.

Lo más deleznable es que muchos de los llamados Instructores de tiro, viejas glorias de la policía, lejos de abdicar en favor de buenos profesionales, adoptan o apadrinan ahijados a los que adoctrinan y convierten en adeptos afines a sus equívocas enseñanzas, transformándolos con sus falsas verdades en fervientes seguidores, en nuevos conjuradores de la mentira. Ignorantes ellos de que con sus necias enseñanzas, a las que rinden un culto severo y casi abominable, no son conscientes de que “juegan con las vidas de aquellos a los que forman y deforman” a los que transmiten sus enseñanzas, infectando su mente como una bacteria mezquina y ruin que atrofia todo aquello que toca.

¡Pero cómo pueden dormir o si quiera respirar, sabiendo que una persona, un compañero, un policía, puede perder la vida si sigue sus consejos y mediocres enseñanzas tan lejanas de la realidad! ¡Cómo se pueden mirar al espejo e hinchar el pecho llegando a sentirse orgullosos de su demoledora incompetencia! Esos que se regalan así mismo los oídos con elogios de los cuales no son merecedores.

Desde mi humilde y sencillo entender, debemos ser conscientes, honrados, sinceros, primeramente con nosotros mismos y luego con los demás. Debemos cuestionarnos todo aquello que vamos a compartir, aquello que sabemos, aquello que creemos saber, debemos leer, investigar, estudiar, aprender, poner en práctica y desarrollar. Debemos participar de las enseñanzas de los que nos enseñan, así como aprender de aquellos a los que enseñamos. Esto no es una moda, aunque lo esté ser o decir que se es “Instructor o profesor de Tiro”, dar cursos, tediosas e infumables charlas de cómo se debe solucionar un enfrentamiento armado, de cuál es la mejor técnica de tiro, de cómo no extraer la pistola de la funda frente al potencial enemigo, de cómo debemos dejar que nos disparen primero para estar jurídicamente amparados cuando nos defendamos, si es que podemos llegados a este punto, de cómo NO tenemos usar la pistola cuando seamos agredidos por un sujeto desquiciado que empuña un gran cuchillo de cocina o un destornillador, porque no es proporcional. O de cómo quedarnos quietos e inmóviles adoptando la mejor postura de tiro, mientras somos agredidos.

Es algo mucho más serio e importante y aquel que no sepa reconocerlo es un incompetente y un ignorante. No hace falta haber estado envuelto en una refriega armada para saber que te juegas la vida y la de aquellos que por ser y hacer lo que haces, confían en ti. No se puede jugar tan alegremente con el bien jurídico más preciado de las personas. Después de todo también llena currículo, “pero esa no es la puñetera verdad” de lo que sucede en un enfrentamiento real en el que tu vida o la de otros está en peligro.

Enseñanzas insípidas aliñadas con toques de falso protagonismo fantasmagórico, aderezadas con apuntes de facinerosos logros nunca conseguidos. Degenerados de la verdad que no pierden ocasión de poner a caer de un burro, de dilapidar, de tildar de “pobres dementes”, exagerados, flipaos, pistoleros y un sinfín de adjetivos descalificativos más a aquellos que osan desmentir sus falsas hazañas, que se colocan en su polo opuesto, que arriesgan en sus enseñanzas, que apuestan por la verdad.

Estos engendros de la política nada correcta, desincronizados con la realidad, desactualizados, obsoletos, son un cáncer para esta profesión. Aristócratas de la profesión acomodados o apoltronados que copan la formación básica de las academias y acciones formativas sobrevaloradas.

Tengo que romper una lanza en favor de aquellos grandes profesionales que nos representan en la formación tanto básica como posterior de los agentes policiales, que luchan en territorio comanche. Pero las aberraciones de la docencia que nos rodean deberían tener prohibido si quiera empuñar un arma. Estoy harto de oír que aquí no pasan esas cosas que se cuentan sobre enfrentamientos armados, que eso ocurre en la otra parte del charco.

¡Señores!, dejen de mirarse el ombligo y miren a su alrededor. Hablen de la parte jurídica de usar el arma de fuego, pero sean proporcionales a la verdad, hablen de los estados fisiológicos que se suceden en un enfrentamiento armado, cómo puede ser la exclusión auditiva que impide al malote oír el clak clak de la corredera al montarse, de cómo me afecta una subida de cortisol, o de adrenalina, hablen de los estados psicológicos que nos ocurren cuando nos vemos en una situación de esta índole, de cómo el miedo nos afecta, de cómo intentar razonar en una situación irracional. Y sobre todo, sean conscientes de que en este país ocurren más, muchos más enfrentamientos de los que a esos ciegos les gustaría reconocer, que hay compañeros que son agredidos, incluso abatidos por indeseables. Es hora de que la “formación en tiro policial” sea reconocida como una formación importante dentro de las enseñanzas policiales.

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