Instrucción de tiro policial: Aprender para enseñar y enseñar aprendiendo

“El objeto más noble que puede ocupar el hombre es ilustrar a sus semejantes”. La cita es del general venezolano Simón Bolívar. Como si acaso sé de algo es de tiro y armas, trasladaré el sentido de la frase a este terreno. Ser instructor de tiro debería ser algo que fuese más allá de ostentar un diploma enmarcado. Queda bien decir que uno es instructor de lo que sea, pero está de moda ser instructor de tiro, aunque a duras penas se distinga un revólver de tres pulgadas de una zambomba. A la peña le gusta impresionar y parece que tener una diana en el diploma obnubila. A mí me ocurría cuando era joven, aunque veo que a algunos también les sucede cuando ven mi título clavado en un testero. Todo esto son bobadas porque conozco a muchos que carecen del ansiado papelito, atesorando más conocimientos y capacidad pedagógica que muchísimos titulados.

Cuanto menos sabemos, más impresionables somos. Pero ya no más, a otro perro con ese hueso. Hace años que no creo en los diplomas, sino en las personas. Ya no me impresionan los papeles, sino los hechos, la lealtad a la coherencia, el sentido común y el compromiso desinteresado. Días atrás me planteé acuñar otra expresión para no tener que presentarme como instructor de tiro. Pensé que tal vez fuese más correcto definirme como aficionado al tiro, estudioso de los asuntos policiales o hasta analizador de enfrentamientos armados. La razón deriva de las conversaciones que recientemente he mantenido con varios compañeros que, como yo, son instructores o monitores de tiro (personalmente estos matices me traen sin cuidado, aunque algunos los esgriman cual porra más larga). Todos ellos ejercen funciones formativas en sus respectivas plantillas, pero ninguno se siente realmente preparado. Hasta hace muy poco tiempo pensaban, según me han confesado, que aquello que estaban enseñando en la galería de tiro era lo correcto. Se trataba, ni más ni menos, de lo que les habían enseñado durante el curso de especialización. Era y es, en definitiva, lo que los programas de perfeccionamiento periódico establecen reglamentariamente en sus instituciones. Si ellos son adiestradores oficiales en sus cuerpos y yo nunca lo fui por estar vetado, y porque en mi plantilla jamás se entrenaba, creo que ellos son los verdaderos, y yo un mero recorte de papel mojado. De ahí que me plantease no presentarme más como instructor.

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Clásica galería de tiro policial, con varios agentes completando un ejercicio sobre una línea de tiro

No es la primera vez que un profesor de tiro me dice que está empezando a cuestionarse todo lo que sabe o cree saber. Yo también pasé por ello y continuamente evoluciono. Desadormecer es bueno y saludable. El letargo conformista únicamente sirve para que los cavernícolas sigan perpetuándose per saecula saeculorum. Muchos están despertando y quieren sol y luz, pero no están solos. En unos casos son zancadilleados por compañeros de igual escala, y en otros, por superiores. Desde el cómodo y cobarde inmovilismo de quienes ejercen mando o influencia se frena todo avance hacia la lucidez y el aire fresco y renovador.

Lamentablemente, a miles de profesionales armados se les sigue ordenando a toque de silbato en qué momento tienen que desenfundar, montar y disparar gozando de tres, cuatro y hasta cinco segundos en las prácticas de tiro. Tiempos ilusorios que conducen al engaño mental, lo que sin duda en la calle se traduce en policías derramados a balazos o machetazos. Como si de un concurso de katas se tratara, a estos tiradores se les exige la perfecta ejecución de antinaturales, estilistas y coreografiadas posiciones de tiro. Tiro de salón que se aleja totalmente de la realidad de la calle, fundamentalmente en las distancias de tiro. Aún quedan en activo muchísimos instructores que gritan y centran su atención únicamente en que los pies estén más o menos adelantados, abiertos o cerrados; coincidiendo este perfil con el de quienes aseguran que el sonido producido por el movimiento de la corredera de una pistola frena en seco cualquier intención criminal, aunque ésta ya se encuentre en marcha. Me disculpo, no es que esta clase de monitores esté en activo como si de una especie en extinción se tratara, es que la factoría de formadores los sigue produciendo y poniendo en circulación.

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Agentes de policía estadounidenses en pleno curso de formación en tiro policial

La mayoría de los instructores que van espabilando son policías maduros con mucha o suficiente experiencia laboral en la calle. Algunos han adquirido cierta habilidad en el manejo de armas gracias al tiro deportivo, pero otros tantos no entrenan nunca, carecen de armas personales y no portan ni han portado jamás un arma fuera de las horas de clase. En voz baja y ante un café, hay quien no oculta que con la realización de este curso solo busca quitarse de los líos de la patrulla, del sueño de las noches, del frío y de la lluvia invernal y del calor del verano. Con semejante interés profesional es fácil obtener una idea aproximada de la calidad que ofrecen determinados formadores. Aunque hay de todo, algo está empezando a moverse. Por desgracia, las alertas terroristas que estamos sufriendo se han convertido en un gran revulsivo. Momento idílico para iniciar la purga y separar a los verdaderos instructores de los listos y caraduras apoltronados.

Pero aquellos que tienen que tomar decisiones progresistas en este terreno suelen contar con rémoras a su alrededor. Personajes que espontánea y rastreramente ejercen de voces refrenadoras no consultadas, cual antagonistas de Pepito Grillo. Unos boicotean las acertadas y razonadas peticiones de aumento de horas lectivas y de cartuchos a consumir en las líneas de tiro. Otros entorpecen el natural curso de las minutas que se elevan a la superioridad, aconsejando tomarse en serio el uso diario de las armas largas. Y hay quienes se niegan a admitir que el empleo de proyectiles semiblindados y blindados genera riesgos que podrían ser minimizados con el uso de puntas expansivas. ¡El enemigo está en casa, señores! Sea por mera ignorancia, por envidia, por supino desinterés, por vagancia, por incapacidad profesional o por limitación intelectual, demasiados lerdos y desvergonzados se ocultan detrás de la orla de un curso de Instructor de Tiro.

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La formación en materia de tiro policial en España todavía se encuentra a años de luz de países como EEUU

Me enerva ver cómo muchos presuntos formadores sostienen que si con tres o cuatro balas no has resuelto un tiroteo mejor darse por muerto, insuflando a sus alumnos, con tal falacia, la idea de que es innecesario llevar un cargador de repuesto en el cinturón. Estos mismos se posicionan en idéntico sentido ante encuentros con delincuentes armados con rifles o escopetas, donde a veces es posible que el policía se vea en desventaja si solamente cuenta con su pistola, pero de donde se puede salir airoso con determinación, entrenamiento y algo de suerte (numerosos casos lo acreditan en España). O si no, aquellos que abanderan la idea de que hay que dejarse herir a balazos antes de desenfundar e iniciar una respuesta defensiva. O lo que quizá sea más vergonzoso y preocupante, sentenciar que ante un arma blanca nunca jamás está justificado el fuego de una pistola. Un lastre que causa un gravísimo daño a la sociedad y a la comunidad policial. Esta raza de impreparados atenta contra la verdad y el sentido común. No son pocos los que se apoyan en iletrados zoquetes (mandos en muchas ocasiones) cacareadores de débiles, inveraces, destartalados y tóxicos discursos. Paparruchas.

Precisamente por todo esto, raro es el día que no nos despertamos con titulares de prensa sobre policías que se vieron encañonados o tiroteados, sin que éstos hicieran valer sus armas. Ni que decir tiene que al público le será vendida la siguiente versión: los agentes no dispararon porque su adiestramiento es tan exquisito que desarmaron a sus oponentes con la persuasión del verbo o tirando de cinturón negro de telequinesia. Así es como esta ensalada de disparates alcanza el grado de veracidad entre la población civil, salpicando a grandes porcentajes del sector policial y legal. ¡Ya está bien de bacaladas con tomate! O empezamos a reconocer que nuestros policías no recurren a sus armas por miedo al resultado de sus disparos, lo que sin duda alguna está directamente relacionado con el nivel formativo recibido, o es que nos están mintiendo sobre tantos encañonamientos. Por lo general, a los agentes de la autoridad les pesa más la posible repercusión judicial de sus respuestas que el alcance de las lesiones potencialmente producibles en ellos. Todo obedece a lo mismo, a la farsa tan grande que rodea este asunto de los instructores y los programas de tiro. Ya lo dijo el estadista argentino Domingo F. Sarmiento: “Los discípulos son la biografía del maestro”. Parafraseando a Marco Aurelio en la película ‘Gladiator’, durante una conversación con Cómodo: “Tus errores como alumno son mis defectos como instructor”.

Esta misma semana ha corrido como la pólvora una información que da a conocer la lamentable situación que sufre el material táctico de una destacada unidad especial de nuestras fuerzas de seguridad: chalecos de protección balística caducados desde hace lustros y escasez de escudos y cascos antibalas, así como de munición para entrenar. Por otra parte, policías que lucen otras siglas y que forman parte de las noticias diarias a través de los telediarios, solamente disparan 30 cartuchos al año con sus flamantes fusiles de asalto. Nadie con tan reducido hábito de tiro puede ser altamente eficaz, pero sí muy peligroso, máxime sabiendo que la cartuchería de dotación es blindada y apellidada OTAN. ¡Por favor, cojamos el toro por los cuernos de una vez y aparquemos los complejos! La siempre libertaria y progresista Francia se ha remangado sin pensar en el que dirán. Tomemos ejemplo antes de que vuelva a ser demasiado tarde.

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Policía Local de Cartagena completando un ejercicio de tiro policial. Fuente: Ayto. de Cartagena www.cartagena.es

Como esto se sale de lo normal, merece la pena darlo a conocer. Hace dos meses quedé maravillado al visitar las instalaciones de tiro de cierto cuerpo municipal, en el que no escatiman en nada. Aquellos funcionarios no solamente están obligados a participar en cuatro llamamientos anuales de tiro, que además se cumplen escrupulosamente, sino que cada policía patrullero gasta una media de 50 cartuchos por práctica. Lo más destacado no es la cantidad de munición que se invierte en la instrucción de estos agentes, que para ser España es máxima (una orden del Ministerio del Interior impide a los policías locales disparar más de 200 cartuchos anuales), sino la calidad de los ejercicios que desarrollan. La galería estaba diseñada de tal modo que con módulos panelables se podían recrear situaciones de todo tipo: pasillos, habitaciones, soportales, garajes, etc. Pero no se vayan todavía, que aún hay más: los parabalas se encuentran distribuidos al frente y a ambos flancos, lo que permite simular situaciones de lo más variopintas. Para colmo, con cierto límite y control, la jefatura sufraga el consumo de munición de todos aquellos funcionarios que deseen aumentar el número de sesiones de entrenamiento, incluso empleando sus armas particulares. Tampoco se ponen trabas al uso de la galería si los policías aportan sus propios cartuchos. Con este gesto cobran valor las palabras de la escritora estadounidense Betty B. Anderson: “Cuando eres un educador siempre estás en el lugar apropiado a su debido tiempo. No hay horas malas para aprender”.

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